La Batalla del Azteca (1986): El día que las Malvinas se mudaron a las gradas

El 22 de junio de 1986 pasó a la historia del fútbol por la genialidad divina y pícara de Diego Armando Maradona.

Los dos goles a Inglaterra en los cuartos de final del Mundial de México son patrimonio de la humanidad. Sin embargo, detrás del césped del Estadio Azteca y en las avenidas principales de la Ciudad de México, se libró otra guerra.

Una batalla invisible para las cámaras de televisión de la época, pero grabada a fuego en la mitología del mundo ultra: el primer gran choque directo entre los hooligans ingleses y las barras bravas argentinas.

Para entender la brutalidad de aquellos días, no basta con mirar el balón; hay que mirar el mapa geopolítico.

Cuatro años antes, en 1982, la dictadura militar argentina y el imperio británico se habían enfrentado en la Guerra de las Malvinas, un conflicto sangriento que dejó más de 600 jóvenes argentinos muertos y una profunda herida abierta en el orgullo de la nación.

En 1986, el sorteo mundialista cruzó a ambos países. El discurso oficial de los banquillos, liderado por Carlos Bilardo, intentaba apaciguar las aguas: «Completely deportive. No politic, this play is only football«.

Pero la gente en las calles tenían planes muy distintos. La geopolítica se convirtió en el precedente perfecto para la violencia.

Dos subculturas, dos mentalidades: Orgullo imperial contra la tregua del «Aguante»

El desembarco en México supuso el choque de dos formas antagónicas de entender el control de la calle.

Por un lado, estaban los hooligans.

Los ingleses llegaban precedidos por su fama de sembrar el terror en Europa y se habían asentado inicialmente en Monterrey, destrozando locales tras su partido contra Marruecos.

Viajaban con una mentalidad de superioridad imperial. «Habrá tensión de su lado porque perdieron la guerra, nosotros la ganamos. Somos los reyes«, decía un inglés antes del partido.

Aunque todos defendían la nación, estaban fragmentados en base a sus clubes locales. En las gradas del Azteca lucían las pancartas de Hull City, Southampton, West Ham, Chelsea o la temida 657 Crew del Portsmouth. Subestimaron el terreno y, sobre todo, al rival.

En el lado opuesto, los argentinos ejecutaron una estrategia militar.

En el fútbol doméstico de Buenos Aires, las barras se mataban entre sí cada domingo, pero las Malvinas exigían una tregua sagrada. Bajo el liderazgo de José Barritta, o «El Abuelo» (jefe de La Doce de Boca Juniors), selló un pacto de no agresión.

Un contingente unificado de 28 barras de Boca, 12 de Estudiantes de La Plata, 7 de Chacarita, y miembros de Vélez, Talleres de Córdoba, Racing y Nueva Chicago viajó a México con fondos financiados por políticos y dirigentes. No iban a ver fútbol; iban a vengar el honor nacional a través del concepto latino americano del «aguante», donde el cuerpo se expone por la mística del grupo.

La emboscada del Paseo de la Reforma: Inteligencia y trapos robados

Ya sabemos de la importancia que tiene robar trapos de otros grupos (o que te lo roben), y la humillación que esto supone. Es por ello que las barras argentinas planearon bien el ataque antes del partido.

Para lograrlo, contaron con unos aliados inesperados: un grupo de cincuenta escoceses (del Celtic de Glasgow sobre todo) motivados por su histórico odio a la corona británica, y exiliados argentinos que conocían Ciudad de México a la perfección.

Los escoceses hicieron el trabajo de inteligencia en los bares, detectando qué facciones inglesas se movían con las pancartas principales.

El escenario elegido para la emboscada fue el Paseo de la Reforma, entre las avenidas Río Tíber y Florencia, junto al emblemático Monumento al Ángel de la Independencia.

Los hooligans iban por allí con más cervezas de la cuenta y alcoholizados cuando las barras de Estudiantes, Central y Talleres comenzaron a arrinconarlos. Una vez cercados, el grueso de La Doce emergió por la retaguardia. Lo que siguió fueron 20 minutos de combates cuerpo a cuerpo.

Superados en organización y rabia, los ingleses se dispersaron, dejando atrás sus bienes más sagrados: las banderas de sus clubes y de la propia Unión Jack.

Entre los que participaron en la primera línea de combate estaba Raúl «Pistola» Gámez (entonces jefe de la barra de Vélez y futuro presidente del club), quien años después recordaría el cruce no como algo épico, sino como una respuesta inevitable al contexto de Malvinas.

El Azteca como campo de batalla simbólico

Cuando el partido comenzó, la grada argentina ya celebraba la victoria.

Detrás de la portería defendida por Nery Pumpido, los argentinos desplegaron bocabajo os trofeos de guerra que los ingleses habían dejado atrás, llegando a quemar una bandera británica frente a las cámaras de televisión.

En el descanso, venidos arriba por la impunidad y la adrenalina, los barras argentinos se dedicaron a orinar desde la grada superior hacia el sector donde estaban los ingleses.

En el césped, Maradona consumaba la venganza con el gol del siglo y la «Mano de Dios«.

El periodista que narraba el partido lo dijo bien claro, reflejando lo que sentía toda la nación argentina: «¡Lo voy a decir solo una vez, y Dios me perdone… ¡Por todos los pibes que no pueden gritar esta victoria!«. El fútbol y la guerra se habían fusionado de manera definitiva.

La venganza de la venganza: Calzada de Tlalpan

Heridos en su orgullo deportivo y, peor aún, en su honor, un grupo de británicos intentó lavar su imagen a la salida del estadio.

Bajo los puentes de la Calzada de Tlalpan, una avenida que conecta el sur de la ciudad con el centro histórico, unos 15-20 ingleses emboscaron a los argentinos con una lluvia de piedras. Buscaban recuperar sus banderas.

Sin embargo, la respuesta de las barras unificadas volvió a ser devastadora. El enfrentamiento terminó con varios ingleses hospitalizados y requirió la intervención de más de 200 policías mexicana para frenar aquella batalla.

El día que el mundo conoció a las Barras Bravas

La prensa internacional de la época, encandilada por la figura de Maradona y la posterior coronación de Argentina como campeona del mundo, pasó muy por encima de estos disturbios.

Pero dentro de la subcultura ultra, el Mundial de 1986 marcó un punto de inflexión.

Hasta ese momento, el hooliganismo inglés era considerado la fuerza de los estadios a nivel global. México 86 demostró que existía otra forma de violencia, mucho más corporativa, jerárquica y blindada por la complicidad política: la barra brava.

Este episodio histórico confirma cómo los traumas geopolíticos y los conflictos bélicos actúan como catalizadores en el mundo del fútbol.

Para aquellos hombres en las gradas del Azteca, los noventa minutos no eran un juego, sino la continuación de una guerra por otros medios, donde las banderas robadas sustituían a los territorios perdidos en el Atlántico Sur.

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